martes, 13 de marzo de 2012

Añoro

Añoro esa luz en tu mirada,
Aquella que me iluminaba.
Ahora mis días son tenues,
Y las noches eternas y apagadas.
Añoro el calor de tu abrigo,
Aquel dulce resguardo,
El escondite de mi alma,
Mi refugio más preciado.
Añoro el cántico de tus risas,
Mi música preferida,
El sonido que más me inspira,
La más perfecta de las melodías.
Te añoro constantemente,
Me hace falta tu compañía.
Mas sé que aunque sin cesar lo intente,
Mi consuelo es la melancolía.

Relato de una noche inlolvidable

Cuando mis padres llegaron a casa, les aguardaba una gran sorpresa: toda la familia les había preparado una fiesta para celebrar sus 50 años de casados. Estaba la tía María, el tío Juan y hasta la prima Irene, siempre dispuesta a declinar cualquier oferta de reunión familiar.
Habíamos pasado las últimas semanas preparando el evento, y estábamos agotados, pero había merecido la pena: cada rincón de la casa estaba adornado con fotos junto a nuestros seres queridos. La cocina era espectacular: entrantes variados, unos platos deliciosos, vino, refrescos y champán por doquier, y una mesa dispuesta para 40 comensales exquisitamente montada.
Después de la cena, les mostramos nuestra última sorpresa: era un vídeo montaje en el que habíamos incluido fotos de la pareja desde jóvenes y fuimos metiendo distintos momentos de su vida en común, momentos de gran felicidad para ambos.
Mis padres se quedaron mudos por la excitación. Fue una noche muy animada, en la que no faltaron anécdotas, risas y un sinfín de momentos entrañables e inolvidables.

jueves, 24 de marzo de 2011

Paseo por nuestras almas

La luna lucía bella, sutil y tenue aquella noche. Nosotros, dos almas que sin ser vistas pululaban por el sendero hacia un lugar desconocido; sin tener la más remota idea de qué nos esperaría en aquel lugar tan ansiado por unos y tan temidos por otros. Y nosotros, ajenos a todo cuanto nos rodeaba, sólo pensábamos en ello; en llegar pronto hasta el fondo de nuestros corazones, sincerarnos con nosotros mismos, ser capaces de aclarar nuestros sentimientos, sin esconder ningún retazo de nuestras impresiones; sabíamos que sólo así tendríamos la posibilidad de enmendar nuestros errores y enderezar nuestro destino.

lunes, 29 de noviembre de 2010

¡Tuya!

Embriágame con tu sonrisa,
Inúndame con tu mirada,
Arrópame con tus caricias,
Atrápame con tus palabras.

Abrázame para apoyarme,
Hazme reír con tus verdades,
Sincérate para ganarme,
Atiéndeme mañana y tarde.

Ayúdame siempre que puedas,
Explícame todas tus dudas,
Que con todas estas muestras,
Yo siempre seré tuya.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Encuentro desafortunado

Una noche cualquiera, en un cumpleaños típico, con un grupo de amigos en una cafetería perdida en un mar de tiendas dentro de un océano de miradas desconocidas. Continuación en una avalancha de comida rápida, ya a solas una pareja enamorada. Y entonces, un encuentro desafortunado…
Él, un hombre de edad madura; ella, una muchacha que apenas comienza a desplegar sus alas de mariposa adulta. Sus miradas se encuentran en un veloz segundo, en los que no se dicen nada, y sin embargo lo reflejan todo. Un torrente de amor frustrado, prohibido, inalcanzable. Un sinfín de momentos furtivos en los que dieron tanto y disfrutaron tan poco. Cada uno continúa con su camino, acompañados por su media naranja, esa que todos creen, pero con el corazón tocado por esos sentimientos que tanto entristecen a tantos, que se adueñan de cualquier situación y la arruinan… la nostalgia y el desamor; la tristeza por sentirse amados y sin embargo no poder entregarse a ese amor porque otra persona se lo llevó todo… y no puede devolverlo, porque así se arropa y se protege de haber entregado lo que tanto valoraba: sus últimas pinceladas de amor ingenuo, fresco, adolescente; sus últimas esperanzas de vivir esos momentos de locura desenfrenada con un amor despreocupado, fuerte, febril...

jueves, 11 de noviembre de 2010

Lola

Cada día sentía lo mismo: temor, inquietud, desconfianza, tristeza... Al despertar, le veía dormido en el filo de la cama, agarrado a la almohada, tan tranquilo, con una expresión tan dulce, que parecía la escena de una película de amor. Algunas veces incluso le invadía una infinita ternura, al recordar cómo la quería, porque eso creía ella, que la quería. Sin embargo, ese encanto se rompía en cuanto él, en pocos minutos, despertaba, y en vez de dar los buenos días que cualquiera esperaría de una bonita escena romántica, empezaba a dar gritos a Lola, quien al instante se ponía en tensión. Entonces la ternura se desvanecía y comenzaban los torrentes de temor, inquietud y desconfianza. Él se dedicaba a darle órdenes sin parar, y sin darle tiempo para que las ejecutara. Lola se sentía morir. La hacía creer que era una inútil, una inválida a quien le hacía un favor por dejarla quedarse a su lado. Qué equivocado estaba él...
Afortunadamente para Lola, su compañero tenía que ir al trabajo por la mañana temprano, por lo que le preparaba el café, aguantaba unos cuantos disparates sobre la supuesta actitud de ella, le buscaba la ropa y el maletín y finalmente le despedía. En raras ocasiones él le daba un beso, pero por lo general simplemente le pellizcaba "cariñosamente" el trasero y solía soltarle frases como "sé buena chica", o "no me obligues a tratarte mal". Después de esto, no acostumbraba a volver de la oficina hasta caída la tarde, e incluso bien entrada la noche. Y así era su día a día, desde que, a los 16 años, empezó a salir con aquel hombre. Y ya llevaban 10 más juntos. Ella se sentía mal cuando se quedaba sola, pues tenía demasiado tiempo para pensar; pensar en lo distintos que habían sido sus sueños cuando, nada más cumplir los 18 años, decidió casarse con Robert, su amado príncipe de los cuentos. Ella hubiera esperado hasta acabar sus estudios, y disfrutar durante más tiempo de su juventud, pero él le insistió tanto que, pese a que su familia se negaba, lo consiguió: consiguió casarse con Lola, y aislarla en una jaula vestida de hogar.
Los primeros meses no fueron demasiado malos; alguna que otra vez le alzó la voz mientras discutían, la insultaba cuando se enfadaba. Pero en seguida se le pasaba y todo lo que Lola veía eran besos, flores, bombones y un sinfín de atenciones que gustosamente aceptaba. De lo que no se daba cuenta es, que al aceptar eso se estaba dejando comprar: una vida de malos tratos a cambio de un rato de placeres. Aún así, ella creía pisar la luna cuando Robert se acercaba a ella como un gato que necesitara cariño, ronroneando para reclamar amor y suplicando perdón; un perdón que no se merecía, pues al poco tiempo volvía a hacer lo mismo, una y otra vez. El problema fue que, pasados esos primeros meses, el temperamento de él fue en aumento, y ya no solo le gritaba y la insultaba cuando se enfadaba, sino que, eventualmente, llegaba a las manos, dándole un empujón, un bofetón o un jalón de pelos. Además, sus insultos iban en aumento y con intención de dañar la seguridad de Lola. Aquellos años fueron un sinvivir, pues no podía ni respirar. No comprendía cómo su chico se había convertido en ese ser que le coartaba su libertad, y anteponía sus pensamientos a la felicidad de ella. Lo peor era que aún así, de alguna manera le comprendía y disculpaba. Al fin y al cabo, todo el mundo se cansa de ver siempre la misma cara, detectar los mismos errores y, sobre todo puede sufrir un mal día. Lo malo era que la rutina de Robert estaba llena de malos días, y Lola no quería verlo…
Lo que siempre se repetía sin cesar, era que ella había aceptado a Robert tal y como era y para toda la vida el día en que se casaron. Por ello y porque le amaba con toda la fuerza de su corazón aceptaba sus malas formas. Poco a poco él fue aumentando la agresividad. Además, la empresa para la que trabajaba quebró, quedándose sin trabajo, por lo que para Lola la vida era aún más dura al despertar, y más despreciable al acostarse. Él empezó a beber, y aunque creía controlarlo, fue aumentando la cantidad de alcohol hasta que lo hizo imprescindible para su vida. Se levantaba sobre el medio día, exigía a Lola algo de comer, veía las noticias deportivas y seguidamente se iba al bar a beber, gastando sus ahorros. Luego volvía en la madrugada y buscaba cualquier excusa para agarrar a golpes a Lola. Ésta no sabía qué le dolía más: si las bofetadas que recibía o los golpes que las palabras de Robert le propinaban. Al menos, en los últimos tiempos no tenía que cumplir con las obligaciones matrimoniales, ya que se quedaba dormido después de humillarla, sin darle tiempo a nada más. Y entonces le quedaba tan solo el consuelo de llorar a solas.
Un día, tras levantarse más tarde de lo normal, le pidió el almuerzo a Lola. Ésta se lo puso, como de costumbre. Estaba entusiasmado, algo que inusualmente sucedía. Aquel día ni siquiera se ocupó de incordiarla, sino que nada más comer, se vistió con sus mejores ropas, y se fue sin dar ninguna explicación. Ella no comprendía nada, pero se sentía aliviada de que al menos la dejara recoger la casa en paz. Sin embargo, no dejaba de inquietarse por el motivo de la alegría de Robert. Calló la noche, asique se duchó, cenó y se dispuso a acostarse como siempre, cuando su marido llegó con una descomunal borrachera, y una cara de enfado que la dejó helada. Lo primero que le dijo era que era una mala esposa que no cumplía con sus obligaciones, que ni siquiera limpiaba bien y sus comidas eran asquerosas. A continuación, su frase fue: ahora mismo vamos a ver si al menos me sirves como puta.
Ella se intentó negar, suplicó y hasta se agarró a todo lo que pudo para evitar que él la arrastrara hasta la habitación. Sin embargo la fuerza que tenía podía con todo eso. Cuando al rato terminó, Lola no quería vivir. El ser al que tanto amaba la acababa de violar. Aquella noche no durmió nada. Ni esa, ni las tantas siguientes, ya que cuando cerraba los ojos solo se veía a sí misma atada en una cama con aquel ser encima haciendo todo lo que le venía en gana.
Los días pasaron, y él parecía ignorarla por completo. Al levantarse ella, él ya no estaba, y no llegaba a la casa hasta que ella no estaba dormida. Pasaron las semanas, y Lola no menstruaba. Ella no le daba importancia, ya que estaba acostumbrada a esos desajustes. Pero cuando pasaron otras tantas, y seguía sin bajarle, empezó a asustarse. Robert, que ya se había dado cuenta de la falta que tenía ella, no dejaba de presionarla para que dejara de “dramatizar” las cosas, que no había echo nada que no tuviera que hacer, y que no tenía por qué estar como estaba. Seguramente, le repetía una y otra vez, no te bajará porque estás como una cabra, calentándote la cabeza todo el día. Pero Lola no podía evitarlo; estaba preocupada. Una tarde, aprovechando que Robert se fue, y conociéndole sabía que no volvería en un rato largo, bajó a la farmacia de debajo de su casa a comprar un test de embarazo. Echa un manojo de nervios, tras comprarlo volvió a su casa, y se lo hizo. Pasaron unos interminables minutos, tras los cuales el test dio positivo. Lola no podía creer lo que le estaba pasando. Estaba embarazada de casi tres meses. De repente, se sintió desbordada por todo; notó que las paredes de su casa daban vueltas, hasta que dejaron de ser visibles. Todo negro; se había desmallado.
Cuando despertó se sentía mareada y confusa. Pero de golpe, todo le volvió a la cabeza: se acababa de enterar de que estaba embarazada, que ya estaba en ese estado desde hacía casi tres meses, y su situación era una locura para tener un bebé. Desde pequeña había imaginado ser madre, y había pensado que esa etapa de su vida sería la más feliz. Sin embargo, ahora que le llegaba la oportunidad sentía que ese embarazo iba a poner más difíciles las cosas. Por unos segundos pensó en la posibilidad de abortar, pero la descartó en el acto, ya que sería incapaz de hacerle una cosa así a un hijo. Lo pensó durante el resto del día, y al final decidió contárselo a Robert; llegó a pensar que ese niño podría salvar aquel matrimonio.
Su marido llegó temprano a casa, y desde el primer momento notó que algo había cambiado en el interior de Lola. Y ésta, a sabiendas de que lo notaría, no esperó más y le dio la noticia de su embarazo. A él pareció sentarle bien esa novedad, y le hizo promesas ilusas a Lola de que a partir de entonces iba a mejorar, no iba a volver a tocarla ni física ni psicológicamente. Ella le volvió a creer.
Una vez más, esa actitud le duró un par de semanas, porque después volvió su postura insensible de costumbre. En realidad el niño no le importaba en absoluto, todo era igual; incluso era peor. La presionaba para que se deshiciera de la criatura que estaba creciendo en su interior. Aún siendo así, Lola le enfrentaba, pues era lo único que no estaba dispuesta a permitirle: ella amaba a su chiquillo por sobre todas las cosas; le daba las ganas de vivir que su marido le quitaba, y él era intocable; siempre encargaría de defenderle. Por él, sacaba fuerzas de donde no las tenía. Se acostumbró a desahogarse hablando a su pancita, le susurraba palabras de amor, le confiaba todos sus secretos. Todo esto la ayudaba a superar cualquier situación penosa con la que se topaba. Entre ella y su hijo se había creado un vínculo sagrado que estaba dispuesta a defender hasta la muerte.
Los meses fueron pasando, y la barriga fue saliéndole poco a poco. Con 7 meses tenía una barriga muy notoria, y una movilidad más reducida. Una noche, él llegó bebido de la calle, y empezó a forzar a Lola para tener sexo con ella. Sin embargo, ésta se negó, por lo que él empezó a golpearla fuertemente, hasta que ésta se dio un golpe contra algo duro y calló al suelo; Robert notó que un líquido transparente brotaba de Lola; se asustó, y llamó a la ambulancia.
Lola, a caballo entre la lucidez y la inconsciencia, luchaba para salir adelante por su chiquitín, Su única razón para vivir. Nada más llegar al hospital, el médico dijo que, debido a los golpes y la caída, la bolsa amniótica se le había roto, y su hijo estaba en peligro, por lo que iban a tener que sacarlo. Ella se asustó mucho, pues no quería perder a su bebé. El médico la tranquilizó, y le explicó que la mejor opción para él era estar en una incubadora. Finalmente Lola comprendió y accedió. La operaron, y su bebé nació sano y salvo.
-2 Kg, 37 cm, y con muchas ganas de vivir, Lola. Ha tenido usted mucha suerte.
Lola sonreía y lloraba de felicidad. Su hijo se había salvado, y ella también.
En cuanto la subieron a la habitación que le habían asignado, Robert intentó ver a Lola, pero a esta por fin se le calló la venda: tuvo claro desde aquel momento que su matrimonio se había acabado, y que no quería que jamás Pablito, su pequeño, tuviera que sufrir con un padre que jamás les querría.
Con ayuda del médico que la había atendido, y la colaboración del hospital en el que estaba, denunció a su marido, y comenzó a hacer su vida lejos de allí, reconstruyendo el puzle en el que se había convertido su corazón, ayudándose con el amor que sentía por Pablito, y viéndole crecer a salvo de los abusos que un hombre sin escrúpulos, su padre, le hubiera hecho sufrir, del mismo modo que se los había hecho sufrir a ella.

miércoles, 7 de abril de 2010

Pasión

Aquella tarde la pasé con mi deseado amor. Todo empezó después del mediodía, cuando vino a rescatarme de mi aburrida y cansina rutina. Entre besos y caricias furtivas me guió hasta el paraíso de su cuerpo, lugar donde los besos se convirtieron en el camino de una pasión desenfrenada, y las caricias furtivas el puente hacia una locura incierta, dulce y sobre todo sin límites.
Todo el tiempo de amor reprimido hizo de aquella tarde la más excitante de todos los días que alguien pueda haber vivido. Nuestras bocas se buscaban sin cesar, nuestros cuerpos nos daban todo el placer imaginable, y nuestros ojos reflejaban aquel momento único y maravilloso.
Nuestra imaginación no tenía límites, éramos libres como una paloma que alza el vuelo hacia un lugar mejor. Felices como un niño al que le dan aquel caramelo que tanto ha anhelado, y encajábamos a la perfección, como dos piezas de engranaje dentro de un inmenso reloj a punto.

martes, 6 de abril de 2010

La vida humana

La vida es como una ruleta; nunca sabes qué te puede haber tocado, cuál es la suerte que te acompañará por el resto de tus días. Así, dos niños que nacen a la misma hora del mismo día, del mismo mes y del mismo año pueden acabar siendo tan diferentes como un pequeño pez multicolor que nada libremente en las aguas cristalinas del pacífico y un pez gris arrastrado por la corriente de un turbio río contaminado por una cantidad infinita de basura.
Dos criaturas que, en teoría, tienen los mismos derechos, acaban siendo víctimas de ese incierto destino que llevan escrito desde antes incluso de haber tomado la primera bocanada de aire, fuera del lecho que sus respectivas madres le han proporcionado durante 9 lindos meses. Dos tiernos brotes que pueden comenzar sus días con todas las comodidades imaginables uno, con gran carencia de lo indispensable el otro. Dos infancias separadas por el gran muro que la sociedad levanta cada día con sus tontos prejuicios en cuyo trasfondo se encuentran todas las inseguridades que se van creando en sí mismos con el paso del tiempo y los pensamientos clasistas que un grupo de hipócritas con aires de superioridad y prepotencia filtran en la belleza utópica de la convivencia, cuando su pureza no se ve empañada por la corrupción que sufren las personas.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Capítulo I

"Tengo que olvidarle, tengo que olvidarle, tengo que olvidarle…"
Así me quedé dormida aquella noche, como me había ocurrido tantas otras desde hacía casi dos años. Todo empezó un verano en el que abrieron una heladería a 200 metros de mi casa. Mi amiga Eva y yo nos pusimos muy contentas, y desde el primer momento pensamos en las horas que allí pasaríamos. Por aquel entonces tenía 13 años, Eva los cumpliría aquel verano, el 22 de agosto. Recuerdo que el día de la inauguración de aquel establecimiento, las dos estábamos como locas por ir a verlo. Esa tarde nos arreglamos en mi casa, y en cuanto oímos el gentío en la calle nos apresuramos en salir. Cuando llegamos a la puerta, ambas quedamos maravilladas; el lugar había sido decorado con un gusto exquisito: en las paredes se podían observar imágenes con diferentes tipos de helados, sobre un fondo en tonos vainilla y caramelo. El techo se componía de espejos, dispuestos en horizontal, y en forma de rectángulo. El suelo era de losas de mármol blanco, y las mesas estaban elevadas por plataformas, todas dispuestas a diferentes alturas, a las que se accedía mediante unas escaleras. El mostrador quedaba al fondo de la sala, en frente de la entrada. En la pared que abarcaba el mostrador, que por cierto, era bastante grande, pues el lugar era muy extenso, se situaban dispuestos en vitrinas los utensilios de trabajo, los embases para el helado, las cartas donde se encontraban reflejados los productos, las neveras con los comestibles, e. t. c.
Yo tomé una foto en la entrada, e inmediatamente después nos dispusimos a entrar con unos vales de consumición gratuita que nos habían repartido en la fachada.
Cogimos nuestras copas de helado, yo una de 4 chocolates distintos, y Eva una de vainilla y 3 chocolates, ambas adornadas por virutas de galleta y una sombrilla muy graciosa, con colores llamativos, y decidimos sentarnos en la esquina de la derecha que daba al exterior. Había un gran ventanal, cuyos bordes eran de un color marrón oscuro, con un acabado en mate; eran realmente preciosos. Estuvimos allí hasta las 8 de la tarde, ya que debíamos estar en mi casa a las 8 y cuarto. Eva se quedó a dormir conmigo, y pasamos la noche viendo películas, chateando con varios amigos y charlando sobre el que a partir de ese momento sería nuestro lugar preferido: la heladería de los deseos. No nos quedamos dormidas hasta después del amanecer. A la mañana siguiente tuvimos que madrugar, -nos levantamos a las 9 de la mañana, teniendo en cuenta la hora a la que nos acostamos-, pues debíamos acompañar a nuestras madres al instituto, ya que era el día de la recogida de notas, las cuales marcarían el destino de los próximos casi 3 meses. Las dos estábamos notablemente inquietas; éramos conscientes de que no nos habíamos esforzado lo suficiente aquel año: por alguna razón que ignorábamos, nos resultaba casi imposible concentrarnos a la hora de estudiar o de hacer deberes. Aún así, en el fondo ambas teníamos la certeza de haber aprobado todas las asignaturas, aunque no estuvieran calificadas con las notas deseadas. Al llegar al instituto, fuimos conscientes de la interminable cola que tendríamos que soportar hasta que nos dieran el dichoso boletín, pero en seguida se nos pasó el mal humor, al ver que otros compañeros también estaban, y el patio exterior se encontraba abierto para que todos los alumnos aguardaran allí a sus parientes.
Hablamos con Sofía, una chica que, a pesar de haber entrado en nuestras vidas aquel curso, rápidamente se había ganado el cariño de todos con sus bromas, su simpatía y su paz. También hablamos con Carlos, Jaime, Juan, Pablo y Guzmán, el quinteto de graciosillos de nuestra clase. Se pusieron a contar batallitas de su salida la tarde anterior al centro comercial, y ninguna de las tres fuimos capaces de contener la risa ante tales burradas relatadas por nuestros amigos.
Al poco tiempo llegaron Irene, Paula, Sandra, Andrés, Miguel, Omar, Jesús, Sergio, Marina y Elisa.
Todos entraron casi de golpe, aunque la mayoría llegó por separado, salvo Irene, Paula y Sandra que habían quedado con sus madres para venir juntas. A los 15 minutos llegó Darío, el único de nuestra clase que faltaba. También el chico más importante para casi todas las chicas de nuestro curso, ya que era realmente guapo, y además muy simpático. Por alguna razón que en ese momento yo desconocía, se estaba volviendo muy creído y un poco irrespetuoso. Ahora hacía chistes sobre la mayor parte de la clase, y siempre predominaban las chicas como blanco de sus pesadas bromas que, a veces, rozaban la crueldad. De mí se reía, pues por aquel entonces aún no me había desarrollado totalmente –como es natural-, y mis pechos aún tenían que crecerme un poco; también porque justamente durante ese curso me había tocado llevar puesto un corrector dental. A mí me había gustado un año atrás, pero lo cierto es que en ese momento le detestaba. Además, aquel día llegó con ganas de hacer bromas crueles, de esas que verdaderamente hieren. Yo le vi venir, aunque todas mis compañeras, incluso Eva, que compartía mi opinión sobre Darío, suspiraban profundamente al verle y ponían sonrisas dulces a cada uno de sus gestos. Él era consciente del poder que tenía sobre aquellas chicas, e igualmente sabía la envidia muda que los chicos sentían hacia él, aunque eso, lejos de molestarle, le gustaba; es más, le divertía, y mucho. Yo, desde el primer momento a la defensiva, le respondí a su aparente cortés saludo de:
-Hola Helena, ¿cómo te va?- Con un: - Me iba mucho mejor antes de que aparecieras. Él puso cara de pocos amigos, aunque la dejó pasar.
En seguida siguieron con los chistes, y todo volvió a la normalidad. El tiempo transcurría deprisa, y sin que nos diéramos cuenta. Poco a poco fueron llegando padres a recoger a sus hijos, y éstos se iban despidiendo, algunos con mucha alegría, y otros con una gran desgana reflejada en el rostro. Una de esas veces se levantó Omar, un chico bajito y flacucho, de padres musulmanes y nacido en España. Era muy tímido, aunque resultaba agradable estar en su compañía. A mí me encantaba aquel chico de pelos repeinados y vestimenta impecable, pues siempre estaba ahí cuando le necesitaba. Aprovechando la timidez de Omar, Darío le puso la zancadilla, y el pobre chiquillo cayó de bruces al suelo. Noté cómo mis mejillas se encendían, fruto de la rabia que se iba apoderando de mi cuerpo, y sin pensármelo dos veces fui en busca del impresentable que había tirado a mi pobre amigo.
Éste, percatándose de mis intenciones, echó a correr por el patio, para que yo fuera a buscarle. En ese momento, Eva me avisó de que nuestras madres nos esperaban en la puerta, y Omar me explicó que no merecía la pena pelear, pues lo que más les dolía a las personas como Darío era el hecho de que les ignoraran. Yo rápidamente reaccioné, me despedí de todo el mundo, y me apresuré en ir a buscar aquel pase a mi cielo particular, o a mi infierno. Todo dependía de aquel papel blanco y liso doblado por la mitad, en el cual se hallaba mi nombre escrito a bolígrafo, con una letra excesivamente retintada y en cursiva. En cuanto estuvimos en frente del lugar donde se encontraban nuestras madres, Eva y yo aminoramos el paso lo suficiente como para estudiar sus expresiones. Las dos parecían tranquilas e incluso tenían una sonrisa dibujada en los labios, así que suspiramos realmente aliviadas, y volvimos a aligerar el paso; me moría de ganas por saber qué les habían dicho, y a Eva también le hacía ilusión. Nuestras madres se abalanzaron sobre nosotras para darnos un fuerte abrazo y nos dieron la enhorabuena, pues, pese al gran cambio que habíamos experimentado al ingresar en el instituto, habíamos sabido mantener los aprobados en su lugar; incluso Eva había subido un punto en matemáticas, y yo había mejorado en dos puntos historia. Tras esto, las cuatro salimos al exterior, despidiéndonos de aquel ajetreado curso, y dándole la bienvenida a las que por fin podríamos disfrutar vacaciones.
Caminábamos hacia nuestras casas –Eva y yo somos vecinas y vivimos puerta con puerta-, cuando María, la madre de Eva, y mi madre, nos propusieron ir a almorzar a una tapería a la que nos encantaba ir, la tapería pinchos, y luego tomar el postre en la nueva heladería. A las dos nos encantó el plan, y nos entusiasmamos sobre todo con la segunda parte. En aquel momento ni siquiera sospechaba el giro que ese verano daría a mi vida, el cual no me dejaría indiferente.

sábado, 30 de enero de 2010

Amores vividos

Hay amores que nunca se olvidan, ya sea por la frustración de no haberlos llevado a la realidad, bien porque son tan fuertes que logran superar las barreras que el tiempo les impone.
Lo que sí es cierto, es que aquellos amores que persisten, ya son imposibles de olvidar. Sí, se superan, de eso estoy totalmente convencida, pero sin embargo siempre habrá uno de esos días en los que necesitamos recuerdos, y esos recuerdos nos traerán consigo una gran marea de sensaciones que creíamos ya enterradas, y que de pillarnos desprevenidos nos aturdirán los sentidos, llevándonos hacia un letargo del que sin duda nos costará bastante salir.
No nos impiden rehacer nuestra vida amorosa, pero sin embargo en ciertas ocasiones la obstaculiza porque, ¿quién no echa en falta la sonrisa picarona de aquel chico que tanto la ilusionó durante X tiempo? O ¿quién no ha comparado el comentario “tal” del chico con el que intentamos entablar algo más que una amistad con el comentario “cual” que hizo aquel otro por el que tanto suspiramos en épocas pasadas?
Eso es algo que ocurrió, ocurre y ocurrirá siempre. Lo importante es que siempre tengamos en cuenta nuestros sentimientos, y sepamos pasar página de lo anterior a lo presente, porque sólo así seremos capaces de disfrutar al 100% de la vida que se nos brinda.

jueves, 28 de enero de 2010

La maternidad

La maternidad, una semilla que crece muy lentamente en el interior de una madre poco preparada para lo que continúa:
Fruto de un eterno abrazo que unirá a la pareja para el resto de sus vidas.
Árbol tierno que mima y cuida su pequeño brote con sumo celo, dedicándole horas, días, semanas y meses completos.
Seno que aguarda la llegada del nuevo fruto, para estrecharlo entre sus brazos con infinita ternura.
Lecho que calma al recién nacido tallo, que lucha por seguir adelante.
Bastón que apoya al arbusto que va haciéndose un camino entre el frondoso bosque.
Templo que apacigua al creciente arbolillo en su búsqueda del sentido de la vida.
Oráculo que aclara al joven árbol lleno de vida.
Guía que acompaña siempre al árbol crecido.

miércoles, 27 de enero de 2010

Gran paso

A veces estás ahí, otras desapareces sin más. ¿Dónde estás, dulce y amarga adolescencia?
Hay días en los que despierto, y me siento como una niña dando sus primeros pasos.
Nervios, ternura, dudas, curiosidad, alegría, tesón...
Siento que me podría comer el mundo en sólo dos bocados.
Sin embargo, otros días me levanto sintiéndome como una anciana cansada ya de la vida.
Fatiga, amargura, tristeza, añoranza, desgana, desazón...
Me gustaría volver a cerrar los ojos, y dejar que pase el tiempo para no tener que enfrentarme a otro dia más.

Los problemas se hacen gigantes y eternos esos fatídicos días. Nada parece salir bien, y veo que el mundo entero se desmorona, dejándome a mí sin respiración.

Supongo que es eso el crecer; el darse cuenta de lo que es la vida. El madurar y aprender a afrontar las dificultades que van surgiendo en el sendero que tenemos que recorrer cada uno pero, a veces parece tan complicado, que me encantaría poder cerrar los ojos, y al volver a abrirlos ser una chiquilla de 6 años, que tiene tanto que aprender, tanto que disfrutar...

lunes, 25 de enero de 2010

Lo que llamamos ciencia

Una mañana desperté, y me sentí con ganas de explorar el mundo. Decidí que eso haría; observarlo todo.
Me elevé lentamente hasta las nubes, acompañé a una solitaria gaviota, me dejé llevar por algunas corrientes de aire, y por fin decidí echar un vistazo:
-Los ríos se veían verdes desde ahí arriba; finas hileras en medio de una masa grisácea, que ocupaba todo lo que mis ojos alcanzaban a ver.
-Los océanos, meros charcos de un azul turbio, en el que apenas podía percibirse algún tipo de vida.
-Los bosques, grandes espacios casi desérticos, con minúsculos charcos de agua fangosa, alrededor de la cual podían apreciarse algunos animalillos tratando de sobrevivir en un ecosistema inerte.
-Visité los cultivos de los campesinos; hierbajos estériles arraigados a una tierra desnutrida.
-Las poblaciones, conjuntos de pavimentos castigados por la violencia del sol en verano, y el castigo de los vientos en invierno.
-Ampliando aún más mi vista, observé lugares de ensueño como el caribe: pequeñas islas llenas de agujeros, frutos de diversas explotaciones por el hombre.
Mi mundo, mi querido mundo destruído por lo que llamamos ciencia...

Fué una suerte que aquel día fuera sólo una horrible pesadilla, aunque no sé hasta qué punto es ficción todo lo que pude ver en aquel viaje en sueños...

domingo, 24 de enero de 2010

La luna

Cada anochecer te enciendes,
como llama que debora todo,
apoyando al desatendido,
escuchando al que se lamente.

Yo desde aquí te escribo,
pidiéndote frente a frente,
que alumbres mi camino,
para que siempre lo encuentre.

Haces soñar al risueño,
haces llorar al dolido,
haces feliz al enfermo,
haces de guía al perdido.

En conclusión meditada,
diría que eres amiga,
de todos cuantos te hablan,
de todos cuantos te miran.

viernes, 22 de enero de 2010

Un zorrito demasiado impaciente

Había una vez un pequeño zorrito, que vivía en la cueva de una alta montaña, con su madre y sus 3 hermanos. Su vida era muy fácil, pues sólo tenía que preocuparse de alimentarse con la leche que su mamá le daba, y jugar con sus hermanos, siempre queriendo divertirse. Como era muy pequeñito, no sentía curiosidad por saber qué había más allá de su casa. Pero este zorrito seguía creciendo y creciendo, y con el paso del tiempo empezó a querer descubrir el mundo. Un día pidió permiso a su madre para poder ir a curiosear a los alrededores, pero ella le dijo que no. Así ocurría una y otra vez, hasta que una tarde en la que se sentía muy aburrido, decidió que cuando su madre fuera a buscar comida, se iría él por su cuenta para ver qué había más allá de su guarida. Aquella tarde mamá zorra, como de costumbre, les advirtió sobre todos y cada unos de los peligros que podían encontrar si salían fuera, y después de darles un beso a cada uno, salió a cazar. Cuando nuestro travieso zorrito decidió que su mamá estaría lo suficientemente lejos para no descubrirle, se fue aprovechando que sus hermanos jugaban a pelearse.
Nada más salir, se encontró con que había una gran distancia desde donde él estaba hasta donde se veía hierba fresca.
-Bueno, tampoco me importa ir hasta allí, si tengo tiempo suficiente antes de que anochezca del todo- se dijo. Empezó a caminar, y tal como su madre le dijo, empezó a sentir que sus pequeñas y desacostumbradas patitas se hundían en la tierra mojada por la humedad.
-No es para tanto, en esto del fango, mamá exageró-. Pensó.
Continuó bajando por la montaña, y al pasar por encima de unas rocas, una de ellas se movió dejándole caer como medio metro hacia el suelo.
-Mamá dijo que esto pasaba a menudo. Tendré más cuidado-. Se recordó.
Continuando su camino, sintió que algo lo seguía desde el cielo.
-¡¡Aaaaah!! ¡Que me coge, que me coge!! ¡Tengo que encontrar alguna grieta entre las rocas donde esconderme o me alcanzará!- Recordó esta advertencia sobre las aves de las altas montañas que le hizo su madre-.
Mucho más cauteloso, siguió su marcha. Cada ruido le daba un pequeño escalofrío. Unos minutos después, se encontró un pequeño arroyo, donde había unos arbustos frondosos y hierba fresca y cómoda. Sediento y cansado, quiso acercarse al agua para beber un poco, y luego tumbarse a descansar antes de volver a su cueva, pues ya empezaba a esconderse el sol. Cuando ya estaba a pocos pasos, algo le cayó encima, impidiéndole caminar para ningún lado.
-¡Oh no, una trampa! ¡Mamá nos advirtió de esto... Es el mayor peligro de todos! si le hubiera hecho caso, si no hubiera sido tan travieso... Ahora tendría una cama calentita donde dormir, y comida para saciar el hambre. ¡¡Qué voy a hacer ahora!!-. Se lamentó.
Comenzó a lloriquear, y a recordar cuánto su madre le había ayudado desde que nació. Cuánto aprendió de ella, cuánto cariño le había dado y cuántos sacrificios había tenido que hacer para ponerles fáciles la vida a él y a sus hermanos.
En ese momento, su madre, que estaba intentando atrapar una liebre muy escurridiza, oyó un sollozo lejano, que parecía pedir ayuda. Decidió dejar escapar su presa, y socorrer a quien quiera que fuera esa criatura. Cuando al llegar, se dio cuenta de que era su hijo, sintió un gran pánico, pero la decepción la desbordaba por dentro.
Su pequeño, al verla, empezó a pedirle perdón sin parar, y que le ayudara a escapar de aquella trampa en la que había caído. Su madre, sin pensárselo dos veces, comenzó a morder las fibras de aquella red, que por suerte no eran demasiado gruesas. Cuando consiguió cortar los suficientes hilos, su hijo salió corriendo, y se lanzó al calor de su madre. Ésta le abrazó, le besó, y le regañó mucho. Nuestro aventurero zorrito le pidió perdón por ser tan impaciente, y le prometió que nunca jamás volvería a desobedecer las normas de su madre, y que aprendería a ser un gran zorrito, como ella.
Desde aquel día, el zorrito entendió que su madre era el tesoro más valioso que tenía, y que cada cosa que hacía la hacía por él, para que pudiera ser un gran cazador, valiente y concienzudo, tal y como lo era ella.

jueves, 21 de enero de 2010

Una tarde cualquiera

Aquella tarde me senté en el banco de la plaza central del pueblo. Lucía un sol esplendoroso. los chiquillos correteaban por mi alrededor bromeando y jugando, tan infantiles, aún con la inocencia intacta. Me recordaron a aquellos tiempos en los que yo también fuí una de esas pequeñajas que jugaban al escondite, temerosa por que la encontraran.
También se podían ver allí algunas jóvenes parejas, tan risueñas y ofreciéndose tanta ternura, tanto amor, tanta pasión... Dulce adolescencia, pensé.
Un señor estaba sentado frente a mí, al otro extremo de la plazuela, enfrascado en alguna novela que sin duda debía ser interesante, pues no levantó cabeza hasta que el sol se ocultó dejando paso a una preciosa noche, cuyo manto, cubierto de estrellas, parecía prometer a cada cual lo que quiera que estuviera deseando. Entre tanto, yo dediqué la tarde a reflexionar sobre lo relativo del tiempo.
Para un niño, la vida es infinita. Todo parece cumplirse, porque con tanto tiempo, cualquiera podrá hacer de todo.
Para un adolescente, la vida pasa lentamente; nunca pasa suficiente tiempo para ellos, pues nunca ven el momento de poder cumplir sus ambiciones.
Un jóven adulto comienza a darse cuenta, de que el tiempo no es tan inagotable como parecía al principio, e intenta empezar a mirar por el gran sueño que le dará la tan ansiada felicidad.
Una persona de edad madura, comprende que si sus sueños no se cumplieron, ya a esas alturas será demasiado tarde, y tiene que conformarse con lo que le ha tocado, renunciando a su completa felicidad.
Por el contrario, una persona anciana, con toda su sabiduría, comprende que la vida, con sus más y sus menos, es el mayor regalo que una persona pueda recibir, y que de una manera u otra, todos los que trabajan diariamente por y para su felicidad, acaban teniendo lo que de verdad querían: Un sinfín de pequeñas gratitudes que le han echo vivir una vida plena.

miércoles, 20 de enero de 2010

Complicado

Ya me estoy haciendo adulta,
ya estoy madurando,
pues cada problema que tengo,
se convierte en un gran peldaño.

A mi vida llega penumbra,
que le cubre la existencia,
y lentamente a mis días,
se les agota la paciencia.

De repente todo me importa,
todo lo quiero aguantar,
pero siempre acabo en fracaso,
pues no lo puedo afrontar.

Cada momento, algún conflicto,
cada segundo que pasa me pierdo,
mis horas las paso pensando,
mi tiempo lo paso escribiendo.

martes, 19 de enero de 2010

Canción de un alma cansada...

Su vida va pasando por paradas y ella ve, que cada madrugada va calando en su ser, que poco a poco entrega, en cada amanecer, toda su inocencia, la miel del ayer.
Cuando era pequeñita la adoraban sin saber, que de mayor sería, la diosa del placer, ella obtiene todo lo que quiere la mujer, pues es amada, lista y bonita a la vez.
Pero hay algo que atormenta, el fondo de su alma, que poco a poco la absorbe, y le roba ya la calma. Todo el mundo especula, sobre cuál será la causa. Si será por mal de amores, salud o añoranza.
Sus días se convierten, sin saber por qué, en una gran rutina, escasa de placer, ella tan sólo quiere, volver a renacer, y revivir momentos, cambiarlos tal vez.
Al llegar la noche, se inunda del deber, de recordar sus sueños, todo su poder, le invaden los recuerdos enterrados en la piel, que descansan inmersos en ternura y dejadez.
Pero hay algo que atormenta, el fondo de su alma, que poco a poco la absorbe, y le roba ya la calma. Todo el mundo especula, sobre cuál será la causa. Si será por mal de amores, salud o añoranza.

lunes, 18 de enero de 2010

Recuerdos

Sin nisiqiera saber por qué, mis recuerdos afloraron aquella tarde desde lo más profundo de mi ser, obligándome a retroceder en el tiempo, a volver a sentir todo aquello que creía olvidado.
Por alguna razón que no alcanzo a comprender, como si de una película se tratara, en mi mente se empezaron a reproducir aquellos furtivos encuentros en los que tanto nos dábamos el uno al otro.
¿Acaso entregamos ahí toda la pasión de juventud?
Me niego a pensar que toda nuestra vitalidad, nuestro tesón y nuestra locura se consumiera como una vela falta de oxígeno; no, no, no.
Dime que me deseas, que estás dispuesto a dejarlo todo, y entonces creeré que lo nuestro sube más allá de las nubes, traspasa toda barrera y llega hasta la luna.
Sólo así comprenderé que me amas.

domingo, 17 de enero de 2010

Tan sólo amor

Amor risueño,
que ingenuo paseas por mis pensamientos.
Amor sediento,
que ajeno a todo hurgas entre mis recuerdos.
Amor osado,
que sin preguntar invades mi corazón helado.
Amor constante,
que haces añicos mi dolor delirante.
Amor, tan sólo amor...
Amor lujurioso, amor prohibido,
amor caprichoso, amor reprimido.
Amor sumiso, amor ahogado,
amor hiriente, amor robado.
Tantos tipos de amor,
tan distintos y tan iguales.
Tan lejanos y tan letales,
pero igualmente inolvidables.