martes, 25 de diciembre de 2012

De una mala hija a un peor padre


Muchas noches esperé tu llamada; hasta perdí la cuenta. Un sinfín de veces anhelé el amparo de tus brazos, el respaldo de tu cuerpo, la calidez en tu voz. Bajo el peso de mi sufrimiento, tantas veces he añorado tu consuelo, que al final me acostumbré. Tú reprochas mi desprecio, mis vacíos y mi silencio, mas no reflexionas sobre qué hizo que actuara así. Quizá olvidaste el desapego y la falta de ternura que brindaste a mi niñez. Puede que no recuerdes cuántas cosas te perdiste en mi crecer. No es que sea superficial y malcriada, pues no me refiero a festejos, sino al cambio de mi voz, el desarrollo de mi cuerpo, los cambios en mi forma de ver la vida, de valorar lo correcto, y, en definitiva, la madurez que he ido adquiriendo. Son muchos los momentos importantes que te perdiste; sin embargo, lo justificas todo con más reproches, con más excusas absurdas, parches que jamás podrán tapar el vacío que tú mismo has ido abriendo. Por todo esto, papá, no pidas ahora que lo olvidemos, que recuperemos lo perdido, y no creas que con unas pocas palabras, fruto del calor del momento, vas a cambiar lo que siento, pues cuando se quiere, se demuestra con hechos.

martes, 19 de junio de 2012

Fortuna o desgracia

La capacidad que tiene el ser humano de dañar es asombrosa. Cuando conocemos a alguien, no solemos plantearnos hasta qué punto va a cambiar nuestra vida, qué aspectos de esa relación van a resultar beneficiosos y cuáles nefastos. Quizás si fuésemos más prudentes en nuestras elecciones, evitaríamos a nuestras almas la desazón de tantas derrotas. Sin embargo, por fortuna o por desgracia nuestra naturaleza es la de aprender a golpes.

domingo, 27 de mayo de 2012

Marionetas

Sólo hay que observar el entorno que rodea nuestro mundo, para darse cuenta de que nadie es lo que dice ser. Un gran ejemplo de ello es la típica vecina cincuentona que, en vez de preocuparse por su matrimonio que cae a pique, diariamente dedica 2 horas por la mañana a cotillear sobre qué hombre subió la noche anterior a casa a la vecina. Hay otro ejemplo, que es el del adolescente que quiere dar la imagen de rebelde insostenible, cuando en realidad es un “cachito de cielo”. Y otro más, que es el del niño que entra a un súper mercado con su madre, que le dice: “Cariño, si te portas bien, cuando terminemos de hacer las compras te daré un”: aquí hay conflictos, ya que algunas mamás optan por el “chocolate”, otras por “un juguete en el todo a 100”, e incluso está ese modelo modernizado, que chantajea a su hijo con la televisión e incluso los videojuegos. El chico sólo se estará quieto porque espera la recompensa, aunque el resto del día sea un verdadero demonio. Simplemente hay que prestar atención para comprender que, por más que unos hablen de otros y se hagan ver anormalmente dichosos, no dejan de ser meras marionetas manejadas por unos hilos cuyos propietarios somos cada uno de nosotros, integrantes de una sociedad que, al parecer, idolatra la perfección, aunque eso suponga aparentar, y olvidar la realidad hasta el punto de que, cuando el proceso quiere ser revertido, hay grandes posibilidades de que este conjunto de experiencias queden anuladas bajo el efecto embriagador de las dulces y a la vez amargas mentiras.

sábado, 12 de mayo de 2012

Pasos

Uno, dos, tres… Pasos hacia delante. De repente se ve un rayo de luz en medio de tanta oscuridad. La esperanza aflora. Parece que después de esa húmeda e interminable penumbra aguarda el consuelo del sol. Tres, dos, uno… Pasos hacia atrás. Justo cuando vas a alcanzar el final de ese túnel, despiertas de la pesadilla, y te das cuenta de que eso únicamente era tu anhelo hecho visiones.

miércoles, 2 de mayo de 2012

La primavera

La primavera ha entrado por nuestras ventanas, y ha impregnado el ambiente con su aroma floral, húmedo, impredecible. Nuestra forma de sentir se altera; es la naturaleza. Cada oveja va en búsqueda de su pareja, cada abeja va inseminando todas las flores que encuentra a su paso… Es el momento en el que el acto de amor está generalizado en todas las especies, ya que esta época llama al deseo, y nuestros brazos están predispuestos a abrirse para acogerlo en su seno. Y así, con todo el colorido de las flores, pasiones fluídas, sin más preámbulos ni letargos, esperamos la llegada del caluroso verano.

martes, 17 de abril de 2012

Amor de mentira

Pasan los días, y me doy cuenta de cuánto tiempo perdí en tratar de comprender lo incomprensible. De cómo derroché esa etapa de la vida que es la adolescencia en empeñarme ciegamente a unir lo que, de forma natural, se repelía desde el principio. Ahora miro hacia delante, y veo un camino incierto. No soy capaz de imaginar qué me deparará el futuro, mas sea lo que sea, sólo espero no tropezar con las mismas piedras que tanto me hirieron. Quizás me las vuelva encontrar, pero esta vez más me vale esquivar sus puntas afiladas, e ir buscando el suelo llano, con el fin de no reabrir viejas heridas, y así seguir curándome de las frías garras que fueron tu mentira de amor.

lunes, 19 de marzo de 2012

Bandera a media asta

Poco a poco, la vida va enseñando su cara bonita, su sol. Con bandera a media a media asta voy abriéndome camino entre la muchedumbre, y sin prisas pero sin pausas voy dándoles sentido a cada una de mis palabras. Ya no me importa lo que haya pasado, pues sé que es eso, simplemente pasado. Mi presente y mi futuro penden totalmente de mí, y por ello voy a seguir luchando, sin mirar atrás, sin lamentar lo perdido; simplemente voy a celebrar lo ganado, y a disfrutar lo que tengo, cerrando las puertas a los demonios que son los recuerdos de todo lo que se quedó en el camino. Y así, sin desperdiciar ni un minuto de mi vida, voy a buscar todo aquello con lo que siempre soñé; pequeñas cosas que, juntas y bien trabajadas, constituirán la felicidad tan ansiada.

miércoles, 14 de marzo de 2012

No entiendo

No entiendo cómo se puede tratar a una persona durante tanto tiempo, y conocerla tan poco. Cómo se pueden fingir tantas palabras, tantos sueños, tantas caricias… Es algo que me parece increíble. Cómo se puede perder el respeto por alguien con quien se ha compartido tanto, a quien se le ha confiado temores, sueños e ilusiones. Cómo se puede tener tantas ganas de hacer daño a esa persona que ha sido el centro del universo en el que se habitaba.
Hay muchas cosas de las que no tengo ni idea. Pero sin embargo, sí estoy segura de que no se puede confiar en alguien que te promete la luna y a los pocos días ya está prometiéndosela a otra persona…

martes, 13 de marzo de 2012

Añoro

Añoro esa luz en tu mirada,
Aquella que me iluminaba.
Ahora mis días son tenues,
Y las noches eternas y apagadas.
Añoro el calor de tu abrigo,
Aquel dulce resguardo,
El escondite de mi alma,
Mi refugio más preciado.
Añoro el cántico de tus risas,
Mi música preferida,
El sonido que más me inspira,
La más perfecta de las melodías.
Te añoro constantemente,
Me hace falta tu compañía.
Mas sé que aunque sin cesar lo intente,
Mi consuelo es la melancolía.

Relato de una noche inlolvidable

Cuando mis padres llegaron a casa, les aguardaba una gran sorpresa: toda la familia les había preparado una fiesta para celebrar sus 50 años de casados. Estaba la tía María, el tío Juan y hasta la prima Irene, siempre dispuesta a declinar cualquier oferta de reunión familiar.
Habíamos pasado las últimas semanas preparando el evento, y estábamos agotados, pero había merecido la pena: cada rincón de la casa estaba adornado con fotos junto a nuestros seres queridos. La cocina era espectacular: entrantes variados, unos platos deliciosos, vino, refrescos y champán por doquier, y una mesa dispuesta para 40 comensales exquisitamente montada.
Después de la cena, les mostramos nuestra última sorpresa: era un vídeo montaje en el que habíamos incluido fotos de la pareja desde jóvenes y fuimos metiendo distintos momentos de su vida en común, momentos de gran felicidad para ambos.
Mis padres se quedaron mudos por la excitación. Fue una noche muy animada, en la que no faltaron anécdotas, risas y un sinfín de momentos entrañables e inolvidables.

jueves, 24 de marzo de 2011

Paseo por nuestras almas

La luna lucía bella, sutil y tenue aquella noche. Nosotros, dos almas que sin ser vistas pululaban por el sendero hacia un lugar desconocido; sin tener la más remota idea de qué nos esperaría en aquel lugar tan ansiado por unos y tan temidos por otros. Y nosotros, ajenos a todo cuanto nos rodeaba, sólo pensábamos en ello; en llegar pronto hasta el fondo de nuestros corazones, sincerarnos con nosotros mismos, ser capaces de aclarar nuestros sentimientos, sin esconder ningún retazo de nuestras impresiones; sabíamos que sólo así tendríamos la posibilidad de enmendar nuestros errores y enderezar nuestro destino.

lunes, 29 de noviembre de 2010

¡Tuya!

Embriágame con tu sonrisa,
Inúndame con tu mirada,
Arrópame con tus caricias,
Atrápame con tus palabras.

Abrázame para apoyarme,
Hazme reír con tus verdades,
Sincérate para ganarme,
Atiéndeme mañana y tarde.

Ayúdame siempre que puedas,
Explícame todas tus dudas,
Que con todas estas muestras,
Yo siempre seré tuya.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Encuentro desafortunado

Una noche cualquiera, en un cumpleaños típico, con un grupo de amigos en una cafetería perdida en un mar de tiendas dentro de un océano de miradas desconocidas. Continuación en una avalancha de comida rápida, ya a solas una pareja enamorada. Y entonces, un encuentro desafortunado…
Él, un hombre de edad madura; ella, una muchacha que apenas comienza a desplegar sus alas de mariposa adulta. Sus miradas se encuentran en un veloz segundo, en los que no se dicen nada, y sin embargo lo reflejan todo. Un torrente de amor frustrado, prohibido, inalcanzable. Un sinfín de momentos furtivos en los que dieron tanto y disfrutaron tan poco. Cada uno continúa con su camino, acompañados por su media naranja, esa que todos creen, pero con el corazón tocado por esos sentimientos que tanto entristecen a tantos, que se adueñan de cualquier situación y la arruinan… la nostalgia y el desamor; la tristeza por sentirse amados y sin embargo no poder entregarse a ese amor porque otra persona se lo llevó todo… y no puede devolverlo, porque así se arropa y se protege de haber entregado lo que tanto valoraba: sus últimas pinceladas de amor ingenuo, fresco, adolescente; sus últimas esperanzas de vivir esos momentos de locura desenfrenada con un amor despreocupado, fuerte, febril...

jueves, 11 de noviembre de 2010

Lola

Cada día sentía lo mismo: temor, inquietud, desconfianza, tristeza... Al despertar, le veía dormido en el filo de la cama, agarrado a la almohada, tan tranquilo, con una expresión tan dulce, que parecía la escena de una película de amor. Algunas veces incluso le invadía una infinita ternura, al recordar cómo la quería, porque eso creía ella, que la quería. Sin embargo, ese encanto se rompía en cuanto él, en pocos minutos, despertaba, y en vez de dar los buenos días que cualquiera esperaría de una bonita escena romántica, empezaba a dar gritos a Lola, quien al instante se ponía en tensión. Entonces la ternura se desvanecía y comenzaban los torrentes de temor, inquietud y desconfianza. Él se dedicaba a darle órdenes sin parar, y sin darle tiempo para que las ejecutara. Lola se sentía morir. La hacía creer que era una inútil, una inválida a quien le hacía un favor por dejarla quedarse a su lado. Qué equivocado estaba él...
Afortunadamente para Lola, su compañero tenía que ir al trabajo por la mañana temprano, por lo que le preparaba el café, aguantaba unos cuantos disparates sobre la supuesta actitud de ella, le buscaba la ropa y el maletín y finalmente le despedía. En raras ocasiones él le daba un beso, pero por lo general simplemente le pellizcaba "cariñosamente" el trasero y solía soltarle frases como "sé buena chica", o "no me obligues a tratarte mal". Después de esto, no acostumbraba a volver de la oficina hasta caída la tarde, e incluso bien entrada la noche. Y así era su día a día, desde que, a los 16 años, empezó a salir con aquel hombre. Y ya llevaban 10 más juntos. Ella se sentía mal cuando se quedaba sola, pues tenía demasiado tiempo para pensar; pensar en lo distintos que habían sido sus sueños cuando, nada más cumplir los 18 años, decidió casarse con Robert, su amado príncipe de los cuentos. Ella hubiera esperado hasta acabar sus estudios, y disfrutar durante más tiempo de su juventud, pero él le insistió tanto que, pese a que su familia se negaba, lo consiguió: consiguió casarse con Lola, y aislarla en una jaula vestida de hogar.
Los primeros meses no fueron demasiado malos; alguna que otra vez le alzó la voz mientras discutían, la insultaba cuando se enfadaba. Pero en seguida se le pasaba y todo lo que Lola veía eran besos, flores, bombones y un sinfín de atenciones que gustosamente aceptaba. De lo que no se daba cuenta es, que al aceptar eso se estaba dejando comprar: una vida de malos tratos a cambio de un rato de placeres. Aún así, ella creía pisar la luna cuando Robert se acercaba a ella como un gato que necesitara cariño, ronroneando para reclamar amor y suplicando perdón; un perdón que no se merecía, pues al poco tiempo volvía a hacer lo mismo, una y otra vez. El problema fue que, pasados esos primeros meses, el temperamento de él fue en aumento, y ya no solo le gritaba y la insultaba cuando se enfadaba, sino que, eventualmente, llegaba a las manos, dándole un empujón, un bofetón o un jalón de pelos. Además, sus insultos iban en aumento y con intención de dañar la seguridad de Lola. Aquellos años fueron un sinvivir, pues no podía ni respirar. No comprendía cómo su chico se había convertido en ese ser que le coartaba su libertad, y anteponía sus pensamientos a la felicidad de ella. Lo peor era que aún así, de alguna manera le comprendía y disculpaba. Al fin y al cabo, todo el mundo se cansa de ver siempre la misma cara, detectar los mismos errores y, sobre todo puede sufrir un mal día. Lo malo era que la rutina de Robert estaba llena de malos días, y Lola no quería verlo…
Lo que siempre se repetía sin cesar, era que ella había aceptado a Robert tal y como era y para toda la vida el día en que se casaron. Por ello y porque le amaba con toda la fuerza de su corazón aceptaba sus malas formas. Poco a poco él fue aumentando la agresividad. Además, la empresa para la que trabajaba quebró, quedándose sin trabajo, por lo que para Lola la vida era aún más dura al despertar, y más despreciable al acostarse. Él empezó a beber, y aunque creía controlarlo, fue aumentando la cantidad de alcohol hasta que lo hizo imprescindible para su vida. Se levantaba sobre el medio día, exigía a Lola algo de comer, veía las noticias deportivas y seguidamente se iba al bar a beber, gastando sus ahorros. Luego volvía en la madrugada y buscaba cualquier excusa para agarrar a golpes a Lola. Ésta no sabía qué le dolía más: si las bofetadas que recibía o los golpes que las palabras de Robert le propinaban. Al menos, en los últimos tiempos no tenía que cumplir con las obligaciones matrimoniales, ya que se quedaba dormido después de humillarla, sin darle tiempo a nada más. Y entonces le quedaba tan solo el consuelo de llorar a solas.
Un día, tras levantarse más tarde de lo normal, le pidió el almuerzo a Lola. Ésta se lo puso, como de costumbre. Estaba entusiasmado, algo que inusualmente sucedía. Aquel día ni siquiera se ocupó de incordiarla, sino que nada más comer, se vistió con sus mejores ropas, y se fue sin dar ninguna explicación. Ella no comprendía nada, pero se sentía aliviada de que al menos la dejara recoger la casa en paz. Sin embargo, no dejaba de inquietarse por el motivo de la alegría de Robert. Calló la noche, asique se duchó, cenó y se dispuso a acostarse como siempre, cuando su marido llegó con una descomunal borrachera, y una cara de enfado que la dejó helada. Lo primero que le dijo era que era una mala esposa que no cumplía con sus obligaciones, que ni siquiera limpiaba bien y sus comidas eran asquerosas. A continuación, su frase fue: ahora mismo vamos a ver si al menos me sirves como puta.
Ella se intentó negar, suplicó y hasta se agarró a todo lo que pudo para evitar que él la arrastrara hasta la habitación. Sin embargo la fuerza que tenía podía con todo eso. Cuando al rato terminó, Lola no quería vivir. El ser al que tanto amaba la acababa de violar. Aquella noche no durmió nada. Ni esa, ni las tantas siguientes, ya que cuando cerraba los ojos solo se veía a sí misma atada en una cama con aquel ser encima haciendo todo lo que le venía en gana.
Los días pasaron, y él parecía ignorarla por completo. Al levantarse ella, él ya no estaba, y no llegaba a la casa hasta que ella no estaba dormida. Pasaron las semanas, y Lola no menstruaba. Ella no le daba importancia, ya que estaba acostumbrada a esos desajustes. Pero cuando pasaron otras tantas, y seguía sin bajarle, empezó a asustarse. Robert, que ya se había dado cuenta de la falta que tenía ella, no dejaba de presionarla para que dejara de “dramatizar” las cosas, que no había echo nada que no tuviera que hacer, y que no tenía por qué estar como estaba. Seguramente, le repetía una y otra vez, no te bajará porque estás como una cabra, calentándote la cabeza todo el día. Pero Lola no podía evitarlo; estaba preocupada. Una tarde, aprovechando que Robert se fue, y conociéndole sabía que no volvería en un rato largo, bajó a la farmacia de debajo de su casa a comprar un test de embarazo. Echa un manojo de nervios, tras comprarlo volvió a su casa, y se lo hizo. Pasaron unos interminables minutos, tras los cuales el test dio positivo. Lola no podía creer lo que le estaba pasando. Estaba embarazada de casi tres meses. De repente, se sintió desbordada por todo; notó que las paredes de su casa daban vueltas, hasta que dejaron de ser visibles. Todo negro; se había desmallado.
Cuando despertó se sentía mareada y confusa. Pero de golpe, todo le volvió a la cabeza: se acababa de enterar de que estaba embarazada, que ya estaba en ese estado desde hacía casi tres meses, y su situación era una locura para tener un bebé. Desde pequeña había imaginado ser madre, y había pensado que esa etapa de su vida sería la más feliz. Sin embargo, ahora que le llegaba la oportunidad sentía que ese embarazo iba a poner más difíciles las cosas. Por unos segundos pensó en la posibilidad de abortar, pero la descartó en el acto, ya que sería incapaz de hacerle una cosa así a un hijo. Lo pensó durante el resto del día, y al final decidió contárselo a Robert; llegó a pensar que ese niño podría salvar aquel matrimonio.
Su marido llegó temprano a casa, y desde el primer momento notó que algo había cambiado en el interior de Lola. Y ésta, a sabiendas de que lo notaría, no esperó más y le dio la noticia de su embarazo. A él pareció sentarle bien esa novedad, y le hizo promesas ilusas a Lola de que a partir de entonces iba a mejorar, no iba a volver a tocarla ni física ni psicológicamente. Ella le volvió a creer.
Una vez más, esa actitud le duró un par de semanas, porque después volvió su postura insensible de costumbre. En realidad el niño no le importaba en absoluto, todo era igual; incluso era peor. La presionaba para que se deshiciera de la criatura que estaba creciendo en su interior. Aún siendo así, Lola le enfrentaba, pues era lo único que no estaba dispuesta a permitirle: ella amaba a su chiquillo por sobre todas las cosas; le daba las ganas de vivir que su marido le quitaba, y él era intocable; siempre encargaría de defenderle. Por él, sacaba fuerzas de donde no las tenía. Se acostumbró a desahogarse hablando a su pancita, le susurraba palabras de amor, le confiaba todos sus secretos. Todo esto la ayudaba a superar cualquier situación penosa con la que se topaba. Entre ella y su hijo se había creado un vínculo sagrado que estaba dispuesta a defender hasta la muerte.
Los meses fueron pasando, y la barriga fue saliéndole poco a poco. Con 7 meses tenía una barriga muy notoria, y una movilidad más reducida. Una noche, él llegó bebido de la calle, y empezó a forzar a Lola para tener sexo con ella. Sin embargo, ésta se negó, por lo que él empezó a golpearla fuertemente, hasta que ésta se dio un golpe contra algo duro y calló al suelo; Robert notó que un líquido transparente brotaba de Lola; se asustó, y llamó a la ambulancia.
Lola, a caballo entre la lucidez y la inconsciencia, luchaba para salir adelante por su chiquitín, Su única razón para vivir. Nada más llegar al hospital, el médico dijo que, debido a los golpes y la caída, la bolsa amniótica se le había roto, y su hijo estaba en peligro, por lo que iban a tener que sacarlo. Ella se asustó mucho, pues no quería perder a su bebé. El médico la tranquilizó, y le explicó que la mejor opción para él era estar en una incubadora. Finalmente Lola comprendió y accedió. La operaron, y su bebé nació sano y salvo.
-2 Kg, 37 cm, y con muchas ganas de vivir, Lola. Ha tenido usted mucha suerte.
Lola sonreía y lloraba de felicidad. Su hijo se había salvado, y ella también.
En cuanto la subieron a la habitación que le habían asignado, Robert intentó ver a Lola, pero a esta por fin se le calló la venda: tuvo claro desde aquel momento que su matrimonio se había acabado, y que no quería que jamás Pablito, su pequeño, tuviera que sufrir con un padre que jamás les querría.
Con ayuda del médico que la había atendido, y la colaboración del hospital en el que estaba, denunció a su marido, y comenzó a hacer su vida lejos de allí, reconstruyendo el puzle en el que se había convertido su corazón, ayudándose con el amor que sentía por Pablito, y viéndole crecer a salvo de los abusos que un hombre sin escrúpulos, su padre, le hubiera hecho sufrir, del mismo modo que se los había hecho sufrir a ella.

miércoles, 7 de abril de 2010

Pasión

Aquella tarde la pasé con mi deseado amor. Todo empezó después del mediodía, cuando vino a rescatarme de mi aburrida y cansina rutina. Entre besos y caricias furtivas me guió hasta el paraíso de su cuerpo, lugar donde los besos se convirtieron en el camino de una pasión desenfrenada, y las caricias furtivas el puente hacia una locura incierta, dulce y sobre todo sin límites.
Todo el tiempo de amor reprimido hizo de aquella tarde la más excitante de todos los días que alguien pueda haber vivido. Nuestras bocas se buscaban sin cesar, nuestros cuerpos nos daban todo el placer imaginable, y nuestros ojos reflejaban aquel momento único y maravilloso.
Nuestra imaginación no tenía límites, éramos libres como una paloma que alza el vuelo hacia un lugar mejor. Felices como un niño al que le dan aquel caramelo que tanto ha anhelado, y encajábamos a la perfección, como dos piezas de engranaje dentro de un inmenso reloj a punto.

martes, 6 de abril de 2010

La vida humana

La vida es como una ruleta; nunca sabes qué te puede haber tocado, cuál es la suerte que te acompañará por el resto de tus días. Así, dos niños que nacen a la misma hora del mismo día, del mismo mes y del mismo año pueden acabar siendo tan diferentes como un pequeño pez multicolor que nada libremente en las aguas cristalinas del pacífico y un pez gris arrastrado por la corriente de un turbio río contaminado por una cantidad infinita de basura.
Dos criaturas que, en teoría, tienen los mismos derechos, acaban siendo víctimas de ese incierto destino que llevan escrito desde antes incluso de haber tomado la primera bocanada de aire, fuera del lecho que sus respectivas madres le han proporcionado durante 9 lindos meses. Dos tiernos brotes que pueden comenzar sus días con todas las comodidades imaginables uno, con gran carencia de lo indispensable el otro. Dos infancias separadas por el gran muro que la sociedad levanta cada día con sus tontos prejuicios en cuyo trasfondo se encuentran todas las inseguridades que se van creando en sí mismos con el paso del tiempo y los pensamientos clasistas que un grupo de hipócritas con aires de superioridad y prepotencia filtran en la belleza utópica de la convivencia, cuando su pureza no se ve empañada por la corrupción que sufren las personas.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Capítulo I

"Tengo que olvidarle, tengo que olvidarle, tengo que olvidarle…"
Así me quedé dormida aquella noche, como me había ocurrido tantas otras desde hacía casi dos años. Todo empezó un verano en el que abrieron una heladería a 200 metros de mi casa. Mi amiga Eva y yo nos pusimos muy contentas, y desde el primer momento pensamos en las horas que allí pasaríamos. Por aquel entonces tenía 13 años, Eva los cumpliría aquel verano, el 22 de agosto. Recuerdo que el día de la inauguración de aquel establecimiento, las dos estábamos como locas por ir a verlo. Esa tarde nos arreglamos en mi casa, y en cuanto oímos el gentío en la calle nos apresuramos en salir. Cuando llegamos a la puerta, ambas quedamos maravilladas; el lugar había sido decorado con un gusto exquisito: en las paredes se podían observar imágenes con diferentes tipos de helados, sobre un fondo en tonos vainilla y caramelo. El techo se componía de espejos, dispuestos en horizontal, y en forma de rectángulo. El suelo era de losas de mármol blanco, y las mesas estaban elevadas por plataformas, todas dispuestas a diferentes alturas, a las que se accedía mediante unas escaleras. El mostrador quedaba al fondo de la sala, en frente de la entrada. En la pared que abarcaba el mostrador, que por cierto, era bastante grande, pues el lugar era muy extenso, se situaban dispuestos en vitrinas los utensilios de trabajo, los embases para el helado, las cartas donde se encontraban reflejados los productos, las neveras con los comestibles, e. t. c.
Yo tomé una foto en la entrada, e inmediatamente después nos dispusimos a entrar con unos vales de consumición gratuita que nos habían repartido en la fachada.
Cogimos nuestras copas de helado, yo una de 4 chocolates distintos, y Eva una de vainilla y 3 chocolates, ambas adornadas por virutas de galleta y una sombrilla muy graciosa, con colores llamativos, y decidimos sentarnos en la esquina de la derecha que daba al exterior. Había un gran ventanal, cuyos bordes eran de un color marrón oscuro, con un acabado en mate; eran realmente preciosos. Estuvimos allí hasta las 8 de la tarde, ya que debíamos estar en mi casa a las 8 y cuarto. Eva se quedó a dormir conmigo, y pasamos la noche viendo películas, chateando con varios amigos y charlando sobre el que a partir de ese momento sería nuestro lugar preferido: la heladería de los deseos. No nos quedamos dormidas hasta después del amanecer. A la mañana siguiente tuvimos que madrugar, -nos levantamos a las 9 de la mañana, teniendo en cuenta la hora a la que nos acostamos-, pues debíamos acompañar a nuestras madres al instituto, ya que era el día de la recogida de notas, las cuales marcarían el destino de los próximos casi 3 meses. Las dos estábamos notablemente inquietas; éramos conscientes de que no nos habíamos esforzado lo suficiente aquel año: por alguna razón que ignorábamos, nos resultaba casi imposible concentrarnos a la hora de estudiar o de hacer deberes. Aún así, en el fondo ambas teníamos la certeza de haber aprobado todas las asignaturas, aunque no estuvieran calificadas con las notas deseadas. Al llegar al instituto, fuimos conscientes de la interminable cola que tendríamos que soportar hasta que nos dieran el dichoso boletín, pero en seguida se nos pasó el mal humor, al ver que otros compañeros también estaban, y el patio exterior se encontraba abierto para que todos los alumnos aguardaran allí a sus parientes.
Hablamos con Sofía, una chica que, a pesar de haber entrado en nuestras vidas aquel curso, rápidamente se había ganado el cariño de todos con sus bromas, su simpatía y su paz. También hablamos con Carlos, Jaime, Juan, Pablo y Guzmán, el quinteto de graciosillos de nuestra clase. Se pusieron a contar batallitas de su salida la tarde anterior al centro comercial, y ninguna de las tres fuimos capaces de contener la risa ante tales burradas relatadas por nuestros amigos.
Al poco tiempo llegaron Irene, Paula, Sandra, Andrés, Miguel, Omar, Jesús, Sergio, Marina y Elisa.
Todos entraron casi de golpe, aunque la mayoría llegó por separado, salvo Irene, Paula y Sandra que habían quedado con sus madres para venir juntas. A los 15 minutos llegó Darío, el único de nuestra clase que faltaba. También el chico más importante para casi todas las chicas de nuestro curso, ya que era realmente guapo, y además muy simpático. Por alguna razón que en ese momento yo desconocía, se estaba volviendo muy creído y un poco irrespetuoso. Ahora hacía chistes sobre la mayor parte de la clase, y siempre predominaban las chicas como blanco de sus pesadas bromas que, a veces, rozaban la crueldad. De mí se reía, pues por aquel entonces aún no me había desarrollado totalmente –como es natural-, y mis pechos aún tenían que crecerme un poco; también porque justamente durante ese curso me había tocado llevar puesto un corrector dental. A mí me había gustado un año atrás, pero lo cierto es que en ese momento le detestaba. Además, aquel día llegó con ganas de hacer bromas crueles, de esas que verdaderamente hieren. Yo le vi venir, aunque todas mis compañeras, incluso Eva, que compartía mi opinión sobre Darío, suspiraban profundamente al verle y ponían sonrisas dulces a cada uno de sus gestos. Él era consciente del poder que tenía sobre aquellas chicas, e igualmente sabía la envidia muda que los chicos sentían hacia él, aunque eso, lejos de molestarle, le gustaba; es más, le divertía, y mucho. Yo, desde el primer momento a la defensiva, le respondí a su aparente cortés saludo de:
-Hola Helena, ¿cómo te va?- Con un: - Me iba mucho mejor antes de que aparecieras. Él puso cara de pocos amigos, aunque la dejó pasar.
En seguida siguieron con los chistes, y todo volvió a la normalidad. El tiempo transcurría deprisa, y sin que nos diéramos cuenta. Poco a poco fueron llegando padres a recoger a sus hijos, y éstos se iban despidiendo, algunos con mucha alegría, y otros con una gran desgana reflejada en el rostro. Una de esas veces se levantó Omar, un chico bajito y flacucho, de padres musulmanes y nacido en España. Era muy tímido, aunque resultaba agradable estar en su compañía. A mí me encantaba aquel chico de pelos repeinados y vestimenta impecable, pues siempre estaba ahí cuando le necesitaba. Aprovechando la timidez de Omar, Darío le puso la zancadilla, y el pobre chiquillo cayó de bruces al suelo. Noté cómo mis mejillas se encendían, fruto de la rabia que se iba apoderando de mi cuerpo, y sin pensármelo dos veces fui en busca del impresentable que había tirado a mi pobre amigo.
Éste, percatándose de mis intenciones, echó a correr por el patio, para que yo fuera a buscarle. En ese momento, Eva me avisó de que nuestras madres nos esperaban en la puerta, y Omar me explicó que no merecía la pena pelear, pues lo que más les dolía a las personas como Darío era el hecho de que les ignoraran. Yo rápidamente reaccioné, me despedí de todo el mundo, y me apresuré en ir a buscar aquel pase a mi cielo particular, o a mi infierno. Todo dependía de aquel papel blanco y liso doblado por la mitad, en el cual se hallaba mi nombre escrito a bolígrafo, con una letra excesivamente retintada y en cursiva. En cuanto estuvimos en frente del lugar donde se encontraban nuestras madres, Eva y yo aminoramos el paso lo suficiente como para estudiar sus expresiones. Las dos parecían tranquilas e incluso tenían una sonrisa dibujada en los labios, así que suspiramos realmente aliviadas, y volvimos a aligerar el paso; me moría de ganas por saber qué les habían dicho, y a Eva también le hacía ilusión. Nuestras madres se abalanzaron sobre nosotras para darnos un fuerte abrazo y nos dieron la enhorabuena, pues, pese al gran cambio que habíamos experimentado al ingresar en el instituto, habíamos sabido mantener los aprobados en su lugar; incluso Eva había subido un punto en matemáticas, y yo había mejorado en dos puntos historia. Tras esto, las cuatro salimos al exterior, despidiéndonos de aquel ajetreado curso, y dándole la bienvenida a las que por fin podríamos disfrutar vacaciones.
Caminábamos hacia nuestras casas –Eva y yo somos vecinas y vivimos puerta con puerta-, cuando María, la madre de Eva, y mi madre, nos propusieron ir a almorzar a una tapería a la que nos encantaba ir, la tapería pinchos, y luego tomar el postre en la nueva heladería. A las dos nos encantó el plan, y nos entusiasmamos sobre todo con la segunda parte. En aquel momento ni siquiera sospechaba el giro que ese verano daría a mi vida, el cual no me dejaría indiferente.

sábado, 30 de enero de 2010

Amores vividos

Hay amores que nunca se olvidan, ya sea por la frustración de no haberlos llevado a la realidad, bien porque son tan fuertes que logran superar las barreras que el tiempo les impone.
Lo que sí es cierto, es que aquellos amores que persisten, ya son imposibles de olvidar. Sí, se superan, de eso estoy totalmente convencida, pero sin embargo siempre habrá uno de esos días en los que necesitamos recuerdos, y esos recuerdos nos traerán consigo una gran marea de sensaciones que creíamos ya enterradas, y que de pillarnos desprevenidos nos aturdirán los sentidos, llevándonos hacia un letargo del que sin duda nos costará bastante salir.
No nos impiden rehacer nuestra vida amorosa, pero sin embargo en ciertas ocasiones la obstaculiza porque, ¿quién no echa en falta la sonrisa picarona de aquel chico que tanto la ilusionó durante X tiempo? O ¿quién no ha comparado el comentario “tal” del chico con el que intentamos entablar algo más que una amistad con el comentario “cual” que hizo aquel otro por el que tanto suspiramos en épocas pasadas?
Eso es algo que ocurrió, ocurre y ocurrirá siempre. Lo importante es que siempre tengamos en cuenta nuestros sentimientos, y sepamos pasar página de lo anterior a lo presente, porque sólo así seremos capaces de disfrutar al 100% de la vida que se nos brinda.

jueves, 28 de enero de 2010

La maternidad

La maternidad, una semilla que crece muy lentamente en el interior de una madre poco preparada para lo que continúa:
Fruto de un eterno abrazo que unirá a la pareja para el resto de sus vidas.
Árbol tierno que mima y cuida su pequeño brote con sumo celo, dedicándole horas, días, semanas y meses completos.
Seno que aguarda la llegada del nuevo fruto, para estrecharlo entre sus brazos con infinita ternura.
Lecho que calma al recién nacido tallo, que lucha por seguir adelante.
Bastón que apoya al arbusto que va haciéndose un camino entre el frondoso bosque.
Templo que apacigua al creciente arbolillo en su búsqueda del sentido de la vida.
Oráculo que aclara al joven árbol lleno de vida.
Guía que acompaña siempre al árbol crecido.

miércoles, 27 de enero de 2010

Gran paso

A veces estás ahí, otras desapareces sin más. ¿Dónde estás, dulce y amarga adolescencia?
Hay días en los que despierto, y me siento como una niña dando sus primeros pasos.
Nervios, ternura, dudas, curiosidad, alegría, tesón...
Siento que me podría comer el mundo en sólo dos bocados.
Sin embargo, otros días me levanto sintiéndome como una anciana cansada ya de la vida.
Fatiga, amargura, tristeza, añoranza, desgana, desazón...
Me gustaría volver a cerrar los ojos, y dejar que pase el tiempo para no tener que enfrentarme a otro dia más.

Los problemas se hacen gigantes y eternos esos fatídicos días. Nada parece salir bien, y veo que el mundo entero se desmorona, dejándome a mí sin respiración.

Supongo que es eso el crecer; el darse cuenta de lo que es la vida. El madurar y aprender a afrontar las dificultades que van surgiendo en el sendero que tenemos que recorrer cada uno pero, a veces parece tan complicado, que me encantaría poder cerrar los ojos, y al volver a abrirlos ser una chiquilla de 6 años, que tiene tanto que aprender, tanto que disfrutar...